google7c7eeacf7cd5ce7d.html

La ciudad y los fotógrafos por Carlos Aprea:


Entre las ruinas de las ciudades, se halla, paralizado, el Ángelus Novus, escribió Benjamin: un huracán se enreda en sus alas y le impide detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, lo empuja irresistiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso. Benjamin cuestionaba, dolorosamente, el proyecto de la modernidad, una modernidad situada por la vanguardia europea y sitiada por la barbarie nazi. No es un calco nuestra historia ni la de estas ciudades de Nuestra América, cercanas y con un aire, cada vez más reconocible, con los nuevos sujetos sociales que las pueblan, las viven, las padecen. Tenemos una historia propia en los papeles y en las paredes, pero la idea de progreso, la idea de un único modelo de desarrollo en donde lo humano se escamotea entre los brillos del downtown , museos fastuosos y automóviles, persiste como un dictatum, como un castigo, y se asemeja notablemente en todo el mundo, igual que sus fracasos y sus ruinas, sus periferias superpobladas y empobrecidas, sus desastres ambientales y su desesperanza.

Chelo Méndez no nos oculta esas ruinas, permanecen articulándose con el motivo central de las imágenes o aún en los límites de alguna de ellas, como un bordado recordatorio. Sin embargo, para Méndez la ciudad también es un compendio de ventanas, las vidas de los otros, las fugas de los otros, imágenes dentro de imágenes, apenas vislumbradas por el follaje o como epifanía folletinesca, entre lo ridículo y la pura remembranza. ¿Y cuál es el sentido que arremete frente a nuestros ojos, dónde aparece la belleza que perturba, cuál es el paisaje verdadero?, ¿el de ese parque apenas entrevisto, con el banco en ruinas o el paisaje de montaña, idílico, pintado en una gigantesca libreta anillada? Carteles y pinturas de un tiempo desconectado del sentido del progreso, de lo que se supone debe ser. Relictos. Pasajes. Espejos de Alicia por donde puede, en cualquier momento saltar el conejo para invitarnos a otra vida posible, promesa de consolación que guarda escondida una esperanza humilde, que es toda la fortuna de mi corazón. Sí, un volver inaudito, a los días felices. Los días de ese hombre apoyado en el hombro de su soñadora muchacha oteando el luminoso porvenir. Pero también una vital incitación al juego, de mirar, de escribir y pintar el paisaje propio en la ciudad blanca y aséptica, de atravesar algún espejo y salvarnos.


Using Format